ACTORES

foto actores bernardoBernardo Trías

Por María Varela

-¿Qué te impulsó a hacer teatro?

-Siempre jugué a hacer teatro. De chiquito, con mis hermanos y mis primos, hacíamos obras con todo: guiones, canciones, vestuario, escenografía, escenario y platea. Sentábamos a los adultos a mirar y actuábamos.

De adulto, estudiaba Arquitectura y entré a un taller de teatro que había en facultad. Mi padre es arquitecto y la onda venía de seguir los pasos familiares, pero mi tendencia hacia el arte me impulsó a inscribirme en la EMAD (Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático “Margarita Xirgu”) para hacer la carrera de Diseño Teatral. Cursé un año y algunos profesores me recomendaron que diera el examen de ingreso para la carrera de Actuación, así que al año siguiente me preparé y entré.

Desde que entré a la escuela hasta ahora nunca dejé de hacer teatro. Estando en el segundo año audicioné para actuar en una obra en el desaparecido teatro Carlos Brussa y quedé; a los meses me invitaron para otra en La Candela dirigida por Alfredo Goldstein, de ahí pasé a trabajar en El Circular con Jorge Esmoris y así seguí hasta ahora, 25 años después, sin dejar nunca de hacer teatro.

Parecería que es lo que me hace sentir vivo.

-Actor, bailarín y docente. ¿Cómo fuiste construyendo esos roles dentro del teatro?

-Comencé con teatro, pero siempre fui muy motriz. Había hecho gimnasia artística y con el teatro empecé a hacer acrobacia. En ese entonces Graciela Figueroa había retornado a Uruguay y muchos actores y estudiantes de teatro iban a sus clases. Yo había visto un espectáculo suyo en el Solís. ¡Fue impresionante! A su vez, mi primera maestra de teatro, Adriana Lagomarsino, nos hablaba mucho de ella. Así que fui a sus clases.

Lo que encontré allí fue un espacio en el que se respiraba arte por todas partes y una enorme libertad creativa. Empecé a estudiar danza y formamos el Grupo Espacio de Artes Escénicas. Hacíamos un trabajo súper intenso que integraba el teatro, la danza y la música. Tomábamos clases y ensayábamos todos los días, y estuvimos casi quince años juntos, trabajando aquí y viajando por el interior y por el exterior del país. Para mí fue una experiencia de enorme crecimiento en todos los aspectos y viví momentos memorables junto a Graciela y al grupo.

Justamente de la mano de ella también vino la docencia. Con el grupo ganamos un concurso con un proyecto que se llamaba “Talleres integrales y espectáculos multidisciplinarios”. Durante dos meses hicimos talleres para setenta personas de teatro, danza, acrobacia y canto, y montamos un espectáculo que recorría el Parque Rodó durante unas cinco horas: “El día que el planeta rodó”.

Fue una experiencia de gran valor pedagógico para mí, porque nosotros preparábamos y guiábamos las clases bajo su supervisión. Así que seguí dando clases en el Espacio de Desarrollo Armónico. Luego vino el IAM (Instituto de Actuación de Montevideo), en 2002. Ahí empecé con la improvisación teatral. Sentí la necesidad de formarme en docencia y encontré a Débora Astrosky (Escuela Tercer Acto, Buenos Aires) y sus cursos de Pedagogía Teatral.

Actualmente doy calses en UdelaR, EMAD, en IAM y en la Escuela de El Galpón. Anduve también por El Circular, por La Comedia y por el interior. Para mí es mucho más que un simple trabajo; guiar procesos de enseñanza-aprendizaje es esparcir siembra que contribuya al desarrollo humano y a la transformación social.

Y con respecto al teatro y a la danza, diría que soy actor pero con una necesidad impresionante de expresarme con mi cuerpo.

-Fundás Improvisación Teatro Club del Uruguay, fomentando y desarrollando el arte de la improvisación. Contanos sobre esta propuesta.

Eso fue en 2005, con un grupo de estudiantes de IAM y nunca pensé que iba a suceder todo lo que pasó a partir de entonces. Es que ellos se apasionaron tanto que comenzaron a multiplicar el fenómeno por todas partes. Juntos hicimos un espectáculo de improvisación y viajamos a un festival internacional en el que se jugaba “Match de Improvisación” (es un espectáculo de carácter deportivo creado en Canadá en la década del 70)

Después, me contrata la Comedia Nacional para dirigir lo que fue “Historias Improbables”… si había hasta ese momento algo improbable para mí era que yo dirigiera un elenco de la Comedia, y menos con un espectáculo así. Se abrió un universo impensado en mi vida.

Luego, aquellos mismos estudiantes de IAM ya egresados, más otros, fundan Impronta Teatro. Hacen decenas de espectáculos, viajan a festivales, organizan aquí en Uruguay un festival internacional que ya lleva su tercera edición, crean una escuela y hoy son cientos los actores que trabajan con la improvisación como género teatral.

-¿Crees que en las propuestas teatrales actuales se muestran las distintas formas de expresión artística? ¿Hay más interdisciplinaridad?

-Sí, claro. El teatro tiene tantas posibilidades y los paradigmas en el arte se han ido transformando de forma tal que el actor, que es un creador ideologizado, hoy tiene la necesidad de decir cosas a través de las formas más variadas. Todo es lenguaje, todo puede ser un signo; la dramaturgia escénica se nutre de muchos elementos, además del texto. Y las nuevas generaciones de artistas escénicos quieren que el teatro dialogue con la música, con la danza, con los medios audiovisuales, con la tecnología. No es que antes no se diera esto ¡por favor! Pero tal vez antes era más una necesidad exclusiva del director y ahora es algo más colectivizado entre artistas de las diferentes disciplinas, desde los diferentes roles.

Aquí en El Galpón, Graciela Escuder dirigió un espectáculo con un uso muy impactante de los recursos tecnológicos y tiene una gran respuesta del público joven. También ahora, ensayamos un espectáculo con directores brasileros que combina diferentes disciplinas y uno de ellos nos traía la idea de lo que él llama la actuación polifónica y el actor multiperceptivo, que tiene que ver con eso que me preguntás.

-Como integrante de EL Galpón, ¿cómo ves la formación de la nueva generación de la institución?

-Notable. Tienen una fuerza bárbara y tremendas ganas. Es muy importante que se formen en el seno del teatro mismo y sepan que todo lo que tienen hoy a su disposición es fruto de la pasión, el amor y el trabajo inmenso que entregaron los artistas que construyeron a lo largo de casi siete décadas este teatro. Hacer dialogar el pasado con el presente es lo que les va a permitir construir el futuro de El Galpón.

Están muy integrados a la institución y tienen la posibilidad de aprender de la vida que se forja día a día aquí, en ensayos, funciones, clases, reuniones, intercambios, charlas….

Siento que a veces el tener un montón de cosas ya resueltas no les permite ver la verdadera dimensión que implica el compromiso individual para poder construir un proyecto colectivo. Y ahí está la responsabilidad nuestra, de los más grandes. Valorar y trasmitir el legado de todos aquellos, que para mí son como “héroes del teatro”.

-¿Qué proyectos tenés para lo que queda del año?

-Cuidar a un hijito que parimos con mucho amor: “Los amores de Shakespeare”, seguir desde el escenario con “Todo por culpa de ella”, ensayar y estrenar “Y el resto es fútbol”. Aportar todo lo que pueda desde el Área Artística que integro y dentro de la cual intento fortalecer la tarea de coordinación entre las propuestas de un vastísimo repertorio que tenemos, estimular a un colectivo a asumir el compromiso de ser artistas creadores, generar más espacios para la investigación y la formación permanente, y proyectar un 2018 que viene cargado de condimentos y al que tendremos que saber darle la mejor combinación posible.


foto actores safforesGustavo Saffores

Por María Varela

-¿Cómo fue tu formación artística?

-Mi primer acercamiento al teatro como estudiante es en el año 1997 cuando me inscribo en la escuela El Picadero, hoy desaparecida, que llevaba adelante Rocío Villamil; después de allí ingreso en la EMAD (Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático Margarita Xirgú ) y egreso en el año 2002.

-En este país es difícil vivir del teatro. ¿Creés que el oficio del actor no se considera una profesión?

-Yo creo que se la considera una profesión. Una profesión devaluada como tantas otras. Todas las profesiones que tienen que ver con lo artístico lamentablemente son consideradas clase B, por decirlo de alguna manera. Seguimos sin darle el lugar que corresponde a los trabajadores de la cultura, en todos los ámbitos, y los actores no escapamos a esa realidad. Más aun en un medio donde prácticamente el único lugar para desarrollar nuestra actividad es el teatro, ya que la producción de cine o televisión sigue siendo muy poca. Además nos vemos obligados a entrar en esa dinámica de “vivir del teatro”, cuando lo lógico es que un actor viva de la actuación. Allí aparece el multiempleo, dar clases, talleres, publicidades, animaciones, etcétera. Algo a lo que no solo los actores estamos acostumbrados, sino los trabajadores de la cultura y los trabajadores en general. Pero todos estamos de acuerdo que no es el ideal. Desde mi punto de vista de actor, creo que hay que seguir trabajando y mucho en dignificar nuestro trabajo y exigir que se nos pague de forma digna por lo que hacemos, algo que no siempre se da y muchas veces somos nosotros mismos los que aceptamos determinadas condiciones de trabajo que no nos son favorables en lo más mínimo.

-Tuviste la oportunidad de viajar y actuar en varios escenarios latinoamericanos y europeos. ¿Qué similitudes con nuestro teatro encontraste fuera del país?

-Como en todas las actividades de la vida, viajar y poder ver qué se hace fuera te hace dimensionar lo que se hace aquí. Nosotros tenemos un teatro, y sobre todo una calidad a nivel creativo, impresionante. Es como el fútbol. ¿Cómo es posible que siendo los pocos que somos tengamos un volumen de actores, directores, dramaturgos, diseñadores, de un nivel altísimo? Y eso se ve reflejado en los trabajos y propuestas. En los últimos 10 años el teatro uruguayo ha tenido una expansión y una presencia a nivel internacional de las que no sé si nos damos cuenta. No hay un festival en Latinoamérica que no conozca lo que está sucediendo en el teatro uruguayo de hoy día. Y eso yo creo que tiene que ver con el impulso de un par de generaciones que han arriesgado y que han conseguido instalar su propio lenguaje. También se ha tomado conciencia que hay que buscar los caminos para salir afuera y mostrar nuestro trabajo, valorizarlo y saber que estamos al mismo nivel que cualquier producción que uno ve en estos festivales.

-Fuiste nominado este año como actor protagónico en los Premios Max de las artes escénicas, en España, por la obra “Los malditos” de Antonio Lozano, dirigida por Mario Vega. ¿Qué fue para vos realizar este trabajo y el reconocimiento que lograste fuera de tu país?

-Ante todo soy un agradecido de haber podido participar de un proyecto que me llevó a vincularme con gente de diferentes países, con escuelas y visiones del teatro quizá diferentes a la mía. Trabajar durante todo ese tiempo en España me dio la oportunidad de tomar conciencia de esto que te decía anteriormente, de saber dónde estamos parados. A nivel personal, lo tomo como un gran aprendizaje. Fue una experiencia que me da la posibilidad de dejar contactos y abrir puertas para futuros proyectos. Lo de los Max fue una sorpresa, algo absolutamente inesperado, que me dio mucha alegría por supuesto, pero como aquí, los premios o nominaciones no significan mucho más que eso, un reconocimiento por un trabajo. Después de eso ¡a seguir buscándola, como siempre!

-En esta temporada estuviste en dos espectáculos exitosos, “Nerium Park” de Josep María Miró, dirigida por Gerardo Begérez, y “El bramido de Düsseldorf”, escrita y dirigida por Sergio Blanco. Contanos como fue tu trabajo en cada una de esas obras.

-Son dos proyectos absolutamente diferentes, dos lenguajes diferentes pero que tuvieron en común procesos hermosos desde el punto de vista creativo y humano. Sumamente disfrutables, rodeados de gente entregada a lo que hace y convencida de hacia dónde quiere ir. Con “Nerium…” fue la primera vez que trabajé en El Galpón y me dio una enorme satisfacción, me sentí como de la casa y eso lo agradezco. Y con Sergio Blanco ya habíamos trabajado en “Tebasland” y fue la confirmación de querer seguir investigando una línea de trabajo que ambos compartimos.

-¿Qué proyectos tenés a futuro?

Se viene una segunda temporada en febrero de “El Bramido…”, espero que suceda lo mismo con “Nerium Park”. En octubre vuelvo con “Algo de Ricardo”, un unipersonal escrito por Gabriel Calderón. Y en breve comenzamos con los ensayos de una nueva obra de Calderón a estrenarse a mediados del 2018.

En definitiva, el proyecto es seguir actuando.