Columna de Cine

 

Artistas, artistas

Por Guillermo Zapiola

cine12Dos películas dedicadas a artistas famosos introducen un toque diferente a la cartelera, y disminuyen ligeramente el porcentaje de presencia de superhéroes y efectos especiales.

Vincent Van Gogh; Hyeronymus Bosch, alias El Bosco. Dos artistas mayores son el tema de dos películas que curiosamente se las han arreglado para coincidir en una cartelera en la que hay demasiado Marvel, demasiado DC, y hasta una nueva (y no tan mala) adaptación de Asesinato en el Expreso de Oriente de Agatha Christie que nadie necesitaba. Es posible que la propia industria haya advertido que se está pasando en materia de franquicias y secuelas, y por eso Thor – Ragnarok está jugada en un tono de casi parodia, como si alguien hubiera entendido que a esta altura de las cosas no hay modo de tomarse esas historias demasiado en serio. Pero hay gente que pide otro cine, y las dos películas en las que se centra esta nota lo proporcionan.

En la coproducción polaco/británica Loving Vincent la cineasta polaca Dorota Kobiela aplica para acercarse a laloving21 figura de Van Gogh un criterio diferente al del “documental crítico” de Alain Resnais (que funcionaba sobre todo como una serie de análisis de su pintura); al de la espléndida biopic de Vincente Minnelli Sed de vivir (1956), donde Kirk Douglas estaba muy bien, el libreto era más bien convencional, y el punto fuerte era la recreación del estilo visual del pintor en las diferentes épocas de su vida; o incluso a las visiones más cotidianas de Vincent y Theo (1990) de Robert Altman, que como su título lo indica se centraba en la relación del pintor con su hermano; o el más crítico Van Gogh (1991) del francés Maurice Pialat, que sacudía algunos estereotipos acerca del autor de Los girasoles (el episodio de Los sueños de Kurosawa dedicado al artista en 1990 y protagonizado por Martin Scorsese era, sobre todo, un alarde de diseño de producción).

El camino elegido por la directora Kobiela es otro: el uso de pintura sobre óleo como fotograma para reproducir imágenes en movimiento. La película está constituida por unos 56,800 fotogramas que conservan la esencia y el estilo artístico de Van Gogh. En torno a esas imágenes, Kobiela recupera un conjunto de testimonios aportados por gente que vivió alrededor de Van Gogh, y es a través de la evocación de esas voces que la película dibuja como un rompecabezas la vida y la muerte del artista. La apelación a un flashback que juega como efecto de contraste entre los tiempos narrativos y aporta buena parte de la información es acaso su recurso más débil. De todos modos, la película es mejor, y hasta una verdadera delicia visual, cuando los cuadros del propio Van Gogh (de quien Kobiela evita el estereotipo del maniático: recordar que Sed de vivir se estrenó en España con el horripilante título de El loco del pelo rojo) cobran vida en la pantalla que cuando intenta reflejar la torturada vida interior del artista.

La otra “película de artistas” en cartelera es El Bosco – El jardín de los sueños del prestigioso documentalista español José Luis López Linares, de quien el espectador uruguayo conoce por lo menos Asaltar los cielos (1996), que era un interesante retrato de Ramón Mercader del Río, el asesino de Trotsky; A propósito de Buñuel (1999), cuyo título no requiere mayores explicaciones; Extranjeros de sí mismos (2001), sobre los combatientes internacionales de ambos bandos en la Guerra Civil Española, y Tánger, esa vieja dama (2001), una evocación de la ciudad del título en los años cincuenta, las cuatro codirigidas con Javier Rioyo.

foto cine el boscoEl Bosco – El jardín de los sueños es lo que suele denominarse “un documental de encargo”, pero ello no le quita mérito. El Museo del Prado le pidió a López-Linares una película para sumarse a las celebraciones en 2016 del quinto centenario de la muerte de Hieronymus Bosch, casi único dato preciso que se conserva de la biografía del pintor. El cineasta eligió El jardín de las delicias (la pintura icónica y acaso la obra maestra del Bosco, que también inspiró, aunque en una clave totalmente distinta e indirecta, una película de ficción de Carlos Saura) como eje para su evocación de la figura y la carrera del artista. Por un lado, el documentalfoto cine el bosco 2 registra con esmeros fotográficos el minucioso trabajo de los técnicos del Museo del Prado, consiguiendo mostrar detalles de la pintura que difícilmente pueden observarse viendo la obra en sí misma. Por otro, dedica buena parte del metraje a lo que alguien ha definido como “Reacciones al Jardín de las Delicias”: un grupo heterogéneo de personas (la mayoría artistas) observan el cuadro y comparten entre sí, con la cámara y con el espectador, lo que les sugiere. No es imprescindible ser un experto en pintura (alcanza con una dosis de sensibilidad) para apreciar el resultado, que posee un valor didáctico pero exhibe también una narrativa fluida que generalmente engancha a su espectador.