Columna de Cine

Reciclando el mito


Por Guillermo Zapiola

 

foto cine king 2King Kong es uno de los mitos más perdurables del cine fantástico, y probablemente el único que fue concebido directamente para el cine. Podía creerse que la película que Peter Jackson le dedicó en 2005 había cerrado un ciclo, pero nos equivocamos. Y está en pantallas “Kong, la Isla de la Calavera” para demostrarlo.

Naturalmente, hay una pregunta inicial casi tonta: ¿quién diablos necesitaba otro King Kong? La excelente película que Peter Jackson rodara en 2005, a la vez remake y homenaje al clásico de Merian C. Cooper y Ernest Schoedsack de 1933, pudo parecer la versión “definitiva”, que actualizaba el mito y a la vez terminaba con él. Era casi tan buena como la primera (no igual ni mejor, porque hoy es imposible repetir los maravillosamente imperfectos efectos especiales de antaño, que añadían una dimensión onírica al original), demostraba que se puede hacer un espectáculo poblado de monstruos y efectos especiales que sea, además, buen cine, y contaba con por lo menos dos actores de primera línea (Naomi Watts y, por supuesto, el propio Kong; hay más razones para discutir a Adrien Brody y Jack Black). Pero ya se sabe que con el cine industrial es mejor nunca decir nunca. Y he aquí que apenas pasada una década larga del Kong de Jackson hay un nuevo Kong.

El propio título sugiere desde el vamos una pequeña variante al destacar la importancia de la Isla de la Calavera, el espacio mítico habitado por Kong. A diferencia de versiones previas del asunto (incluyendo la muy secundaria de John Guillermin de 1976, con Jessica Lange), la acción no traslada al mono más grande del mundo desde su hábitat natural a la civilización, sino que se queda todo el tiempo en el mismo lugar. También el cambio de época y algunas variantes de enfoque sugieren un par de reflexiones, aunque sean de sociología de sobremesa.

Probablemente no importe mucho el motivo de los productores para hacer un nuevo Kong. Hasta es posible imaginar un diálogo entre ellos del tipo: “Aquella película con el mono hizo plata; hagamos otra”. Y como vivimos en el universo de las franquicias, las secuelas, las precuelas y los reboots, esta película se asegura la posibilidad de continuaciones y luchas con otros monstruos famosos, más en la línea de la tradición japonesa del género que en su variante norteamericana. Es casi simbólico que en el prólogo, ambientado en 1944, se enfrenten un soldado norteamericano y un japonés. Ese enfrentamiento va a tener consecuencias en el futuro.

El grueso de la acción transcurre en los años setenta, en el momento en que  Estados Unidos se retira de Vietnam. Una patrulla de marines es enviada a la recientemente descubierta Isla de la Calavera, acompañando a una expedición científica que habrá de explorarla. Lo que encuentran allí es más o menos lo que ya se sabe: criaturas fantásticas, varios sustos y cierto sentido de la aventura. También hay un puñado de actores interesantes (Tom Hiddleston, Brie Larsson, Samuel Jackson, John Goodman) .No está mal hecho, pero no hay nada que ya no hayamos visto.

Puede ser interesante sin embargo ubicar la película en la tradición del mito Kong. El original de 1933 era un producto típico de los años de la Gran Depresión: la estrella de la “película dentro de la película” (Fay Wray) salía de un merendero para desocupados, se involucraba en la aventura, padecía varios sobresaltos a manos del gorila más grande del mundo, y todo terminaba en una Nueva York “civilizada” aterrorizada por la irrupción de lo primitivo y salvaje, que casi arrasaba la ciudad en un gesto de amor no correspondido. Con el diario del lunes en la mano no resulta difícil leer el asunto como una expresión de los miedos reales de la época (que corresponden también al gran período de los monstruos de la Universal, aunque King Kong fue producida por RKO): el malestar social saca a la superficie las inquietudes ocultas en el inconsciente (lo que está del otro lado de la muralla) y pone en cuestión una civilización que tiene sus vulnerabilidades. Quizás sin ser conscientes de ello, Schoedsack y Cooper atravesaron las puertas de la muralla y se encontraron con Freud  y con Marx.

Las inquietudes del equipo productor de Kong, la Isla de la Calavera apuntan en otra dirección: la ecología. Kong es aquí el dios local que protege a los humanos de la isla y a una naturaleza agredida por los hombres y por seres fantásticos más peligrosos que él, y el intento de “rescate de último minuto” no tiene como objetivo a la heroína humana, sino al propio gorila. Para una enciclopedia de datos inútiles pueden consignarse detalles que demuestran en el equipo de producción cierta erudición: si el Kong de Jackson aludía expresamente a El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad (como manera de decir “esto no es solo una aventura”), la ambientación vietnamita y setentosa de esta versión remite, helicópteros incluidos, a Apocalypse Now, que casualmente adaptaba El corazón de las tinieblas. Hay también un personaje secundario que se llama Marlowe, como el narrador de Conrad.