Columna de Cine

 

foto cine yo-daniel-blake cine 2017EL ÚLTIMO DINOSAURIO

Por Guillermo Zapiola

El título no pretende ser peyorativo. Simplemente está ahí para destacar que Ken Loach, cuyo filme más reciente, “Yo, Daniel Blake”, acaba de estrenarse, es prácticamente el único representante de su generación que ha seguido manteniendo a lo largo de las décadas una postura coherente, comprometida y con frecuente picos de calidad.

La anécdota no podría ser más sencilla y cotidiana. El personaje titular, carpintero inglés a punto de cumplir los sesenta, comienza a sufrir problemas cardíacos y se ve obligado a recurrir a la asistencia social. Naturalmente, con lo que se encuentra no es con ayuda sino con burócratas que lo obligan a buscar un empleo si quiere evitar una sanción, pese a consejos médicos en contra. Durante esa odisea el personaje se cruza con una madre soltera con dos niños, también atrapada en la telaraña de la burocracia. Surge entre ellos una relación hecha de solidaridad y afecto, y el deseo de enfrentar una maquinaria administrativa impersonal e inhumana.

El resultado es muy característico del cine del británico Ken Loach, hombre de clase obrera nacido en 1936, que estudiaba derecho y tenía 25 años cuando entró por primera vez en contacto con las artes escénicas al formar parte de un grupo teatral universitario. Después de obtener en 1963 una beca en la cadena de televisión BBC comenzó a dirigir una serie de docudramas, siendo el más famoso de ellos Cathy Come Home (1966), que aborda la problemática de la vivienda y la pobreza en el contexto del estado de bienestar británico. Desde entonces Loach dividió su tiempo entre el cine y la televisión, filmó largometrajes, numerosos documentales y películas para la TV.

Heredero inequívoco de las principales tendencias de cine realista de Europa, y en mayor medida del cine independiente que se caracterizaba por su realismo, su inconformismo social, su crítica a la burguesía y a la sociedad, su acercamiento a los seres anónimos de la misma, o su sentido del humor, Loach debe ser el último cineasta en actividad del movimiento angry de los años sesenta. Mientras la mayorías de sus compañeros de generación (Tony Richardson, Jack Clayton, Karel Reisz; el caso de Lindsay Anderson es un poco diferente) sufrieron un sarampión inconformista a comienzos de su carrera y luego terminaron haciendo cualquier cosa, él continuó una carrera consistente y, promedialmente, de alta calidad. Películas como Vida de familia, Riff Raff, Agenda secreta, Tierra y libertad, Mi nombre es todo lo que tengo, El viento que acaricia el prado y otra docena de títulos acreditan a un creador comprometido y talentoso, pese a resbalones ocasionales como La canción de Carla (muy superficial en su vistazo a conflictos latinoamericanos) o La verdad a cualquier precio (que dice sobre ocultamientos gubernamentales no mucho más que un episodio de la teleserie La ley y el orden – Unidad de Víctimas Especiales). Para bien o para mal, el octogenario Loach sigue siendo uno de los realizadores británicos más importantes, especialmente porque al más creativo de todos (Terence Davies, el de El tiempo y la ciudad) solo le permiten hacer una película cada cinco años y por lo general es un fracaso de público, dato que puede constituir una de las reales vergüenzas de la historia del siglo XXI.

foto cine yo daniel blake 3Pero volvamos a Loach. Su cine denuncia los efectos sobre los seres humanos de la vida en las ciudades industriales pese a los avances tecnológicos, y sus historias apuntan a sacudir las conciencias e invitar a la reflexión. No es casual que sus mejores películas hablen justamente de lo que mejor conoce: las condiciones de la clase trabajadora y las injusticias que sufren las clases menos favorecidas en la sociedad británica).

Una de las virtudes del cine de Loach que se repite aquí consiste en que no hace falta coincidir con todas sus posturas políticas para apreciar sus películas y a sus personajes. El hombre es trotskista, o al menos adhiere a uno de los tantos grupos que se denominan tales (otro trotskista famoso, el formidable crítico norteamericano David Walsh, que cultiva una línea diferente, suele discrepar políticamente con el inglés), pero el dato no estorba la valoración de su cine para quien discrepe con los trotskistas. No es fácil estar en contra, al mismo tiempo, del neoliberalismo, la socialdemocracia y el stalinismo, pero no es por ahí por donde va el debate.

foto cine yo daniel blake 2Las películas de Loach no son discursos partidarios sino dramas humanos, retratos creíbles de individuos entrañables y en problemas que tratan de salir adelante y enfrentan la adversidad. Y sus blancos son universales: la burocracia, la insolidaridad, el a mí qué me importa mientras cumpla con el artículo 324 del reglamento. Esa actitud reaparece en Yo, Daniel Blake. Al guión de Paul Laverty (habitual cómplice de Loach) le falta acaso una dosis de sutileza pero suele ir derecho al asunto, y el elenco es competente, en particular la excelente Hayley Squires. La Palma de Oro en Cannes (segunda que Loach recibe) no fue un mero regalo a la corrección política.