Columna de Cine

 

¿A DÓNDE FUE EL CINE POLÍTICO?

Por Guillermo Zapiola

foto nota cine la cordillera 3En sí misma es una película atrayente pero insatisfactoria. Pero “La cordillera”, producción argentina protagonizada por Ricardo Darín, sugiere involuntariamente algunas reflexiones que acaso no sean del todo ociosas.

En La cordillera de Santiago Mitre (autor de la interesante El estudiante) hay en realidad dos historias, y la más interesante es al parecer la que no ha llamado la atención de nadie. Todo muy raro.
La menos interesante, por no decir que roza o se adentra en la tontería, es la historia política. El presidente argentino (Ricardo Darín) viaja a una cumbre latinoamericana en Chile donde debe discutir con sus colegas de la región la creación de un ente petrolero, con el cual algunos están de acuerdo y otros no. Hay algunos que comparten la idea y otros que no, y se añade la discusión de si ese ente debe ser solamente estatal o incorporar también a actores privados. Y hay un siniestro plan digitado desde los Estados Unidos, esos villanos, para frustrar una vez más una iniciativa supuestamente beneficiosa para la Patria Grande. A cierta altura, el voto del personaje de Darín será decisivo para que las cosas se orienten en uno o en otro sentido.
Toda esa zona del asunto es realmente muy imaginaria, parece ambientarse en la Dimensión Desconocida, y cualquier parecido entre ella y la realidad política latinoamericana de hoy es pura coincidencia. Más allá de la obviedad de que existen políticos corruptos y sobornables en muchos lados, el libreto añade tanta fantasía que la suspensión de la incredulidad sale por lo menos magullada.
La opción por lo imaginario era casi una necesidad en el diseño del personaje de Darín, del que la película ofrece la suficiente cantidad de información como para que se entienda que no es Mauricio Macri, y tampoco un eventual heredero K: cualquiera de las dos versiones habría ofendido a la mitad del público argentino (la otra mitad habría aplaudido, claro). Pero si la invención era adecuada para ese aspecto del argumento, hay cosas más difíciles de digerir. Imaginar hoy un plan continental en el que el presidente de México se convierte en cómplice del norteamericano, el de Brasil es descrito como un aspirante a emperador con pretensiones hegemónicas (¿se trata del Michel Temer que tiene en las encuestas un cinco por ciento de apoyo?), y Paraguay y Venezuela votan del mismo lado en una instancia decisiva resulta, por lo menos, ciencia ficción. Por supuesto, los guionistas de una película tienen todo el derecho del mundo de inventar una realidad alternativa que no tenga nada que ver con lo que pasa de verdad en el mundo (¿alguien recuerda The West Wing?), pero después no pretendan que lo que hacen ayude a entender este mundo.
foto nota cine la cordillera 1Lo curioso es que dentro de esa “historia marco” hay otra, menos desarrollada, que resulta mucho más sugestiva. Es la que tiene que ver con la hija del presidente, sus recuerdos de infancia, y la verdad o falsedad de algunas cosas de las que esa joven cree haber sido testigo. Hay un misterio que no se resuelve en esa zona del relato, y ello carga súbitamente al asunto de una entrelineada cualidad sobrenatural que resulta acaso lo más interesante de la película.
Se le ha objetado a La cordillera un presunto doble “final abierto” que en realidad no es tanto como se dice, y que aunque fuera cierto no sería necesariamente un defecto: los finales abiertos son una opción estética, tanto como los cerrados, y es legítimo apelar a ellos. Más aun, la historia política no desemboca en un final abierto sino que redondea claramente el arco dramático del personaje de Darín. La historia personal (y eventualmente sobrenatural) deja en cambio, efectivamente, cabos sueltos, pero la ambigüedad puede ser allí una virtud. Si el resultado funciona solo a medias (y ello lo ubica en la categoría de “fracaso distinguido”) es, sobre todo, por el carácter artificial y poco verosímil de su “historia marco”, que llega a un nadir con la irrupción del pérfido representante del gobierno norteamericano encarnado por Christian Slater, que provoca vergüenza ajena. foto nota cine la cordillera 2
La película está hermosamente fotografiada, aprovecha adecuadamente su paisaje cordillerano y corre con fluidez, aunque haya quien la acuse de “lenta” y “aburrida” (no lo es, aunque haya en ella cosas que no convencen). Darín proporciona, como corresponde, una adecuada versión de Darín, y Gerardo Romano compone sin esfuerzo (le sale naturalmente) un ministro antipático. Pero se hace difícil dejar de lado la reflexión acerca de qué está pasando con el cine latinoamericano mainstream que se quiere, de alguna manera, político. Hace unos meses vimos El candidato de Daniel Hendler, otra historia que se diluía en la caricatura, la abstracción y la denuncia de casi nada. La cordillera es mejor cine, pero no es muy diferente. Los cineastas parecen sentirse todavía cómodos cuando evocan los tiempos de la dictadura, pero tienen problemas a la hora de retratar creíblemente el “hoy”.