Entrevista Central

 

Virginia Martínez: Entre la historia y el periodismo

foto VIRGINIA MARTINEZ_0076 rRecientemente ediciones de Banda Oriental editó el último libro de Virginia Martínez, “La vida en tempestad”, donde se interna en la peripecia dramática de tres generaciones de una familia, los Barrett, que abrazaron la causa revolucionaria y sufrieron exilio, persecución y muerte. El pasado reciente es uno de los temas recurrentes de investigación de Martínez, desde los ángulos de la investigación histórica y de la producción audiovisual. Ha publicado, entre otros, “El círculo: las vidas de Henry Engler”, “Los fusilados de abril”, “Tiempos de dictadura” y el “Siglo de las mujeres”. En su rol de guionista y directora ha realizado recordados documentales como “Por esos ojos” y “Ácratas”. Repasando su trayectoria nos encontramos con la singularidad de que ha estado en la dirección de dos canales televisivos públicos, TV Ciudad en su lanzamiento y Canal 5.

 Por  Gerardo Mantero  & Luis Vidal Giorgi.

-Tu formación proviene de la investigación histórica y de lo audiovisual. En ambas vertientes uno de los temas presentes ha sido la revisión política o, por lo menos, la mirada a la historia de determinadas luchas sociales y la participación de las mujeres en esos contextos; temas que en general no han estado tan presentes en un discurso más académico. ¿Cómo definirías tu abordaje de esos asuntos?

-Yo intento hacer un abordaje que combine el rigor de la investigación con ciertas estrategias de la narrativa, por lo menos es una voluntad, o es una pretensión… después, cuánto se logra o cuánto lo logro es otro quien debe juzgarlo. Desde hace bastante tiempo —y creo que en todo lo que he escrito— he intentado —sobre todo porque me parece que me muevo en un territorio medio fronterizo entre la Historia y el periodismo, nunca la ficción— de construir una narrativa que tenga algo del ritmo, de la tensión de la ficción; yo defino mi trabajo por ese lado… Tampoco hay tanto en ese estilo… no sé si tengo tantos pares como para compararme… no porque sea mejor porque de hecho yo no estoy en la academia, y no me defino como una historiadora… o sea, tengo una formación histórica, pero tampoco… no trabajo períodos, trabajo historias, y me gusta entrar en la Historia por la puerta de las historias pequeñas, de las historias singulares que iluminan sobre un período, pero que no son protagonistas.

-Para introducirnos en una de esas historias vamos a referirnos al reciente estreno de un documental sobre Roslik. Tú escribiste un libro sobre San Javier: ¿cómo fue esa investigación y cuáles fueron las conclusiones que sacaste?

-Mi relación con San Javier va más allá de la que tuve como ciudadana joven en su momento, a fines de la dictadura, ya que su muerte nos golpeó a todos y  nos mostró de que estábamos cerca y de qué estábamos lejos de salir. Yo lo viví además como parte del grupo de familiares de presos políticos, es decir que nos tocaba a todos… Ese año en particular fue el año en que murieron más presos en la cárcel. Murió Wassen, hubo suicidios, hubo muertos por cáncer, presos que estaban enfermos de hace mucho tiempo… o sea, 1983 y 1984 pueden ser recordados por la apertura democrática, pero hubo alarmas y signos de que aquello seguía siendo muy peligroso y que la vida estaba en juego, como los episodios que involucraron a la Juventud Comunista y a Roslik. Incluso lo de Roslik fue casi en el mismo momento —creo que hubo uno o dos días de diferencia— en que llevaron a los rehenes al Penal de Libertad, era abril de 1984… Ése fue un año lleno de impulsos, de frenos, de avances y retrocesos. Luego me volví a encontrar con el tema, lateralmente, cuando hice “Tiempos de dictadura”, porque leí una declaración —mirando prensa para el libro—de Mary, donde ella ponía en el centro del tema la persecución por el origen ruso… y a mí eso me quedó más allá de lo de Roslik. Después estuve de nuevo en San Javier, trabajando en “El círculo”, la película de Garay y de Charlo, de la cual hice la producción… Fuimos en la preproducción, fuimos en el rodaje; entonces ahí ya estaba interesada no solamente en el caso Roslik, sino en una comunidad perseguida por su origen étnico. Incluso ellos hasta llegaron a presentar un recurso ante la Suprema Corte de Justicia, y eso me pareció un hecho singular. En 2008 publiqué algo, un adelanto, en los Cuadernos de la Historia reciente de Banda Oriental. La historia de San Javier es apasionante. Me fui hacia la fundación, porque tampoco tenemos antecedentes de una secta que veniera con un mandato religioso, y que viniera a afirmar el reino de Dios en la tierra, era algo nuevo aquí… y quedé bastante ligada afectivamente… De hecho el libro se presentó en el liceo de San Javier cuando se cumplieron los cien años de la colonia. Por otra parte tuve la oportunidad de seguir más o menos de cerca —esto fue una casualidad— el documental porque mi hijo mayor, que es sonidista, participo en la película.foto VIRGINIA MARTINEZ_0026 r

-¿Cómo es la relación del pueblo con Roslik?

-Era un hombre del pueblo.

-Además había vuelto a quedarse ahí…

-Había vuelto a quedarse ahí… Roslik no era un militante. Ahora, a veces, veo que dicen “Vladimir Roslik” y entre paréntesis “Partido Comunista”, y eso no es así… San Javier tenía una relación fuerte con la Unión Soviética, como antes la había tenido con Rusia, y como la tiene hoy… o sea, pasa exactamente lo mismo que ya sucedía, los embajadores van a la festividad… Por supuesto que la Unión Soviética en su momento hacía propaganda, publicidad, pero bueno, él era un hombre que se fue a estudiar, porque si no no hubiera podido estudiar, y volvió al pueblo, y estaba en esa vida con su mujer, y era una persona muy apreciada. Y eso es, también, la gran injusticia de una vida rota en un par de horas por la tortura sin justificación, porque lo de San Javier se inscribe en un intento de los militares para que no hubiera apertura, una lucha para mostrar la existencia del enemigo subversivo. En una operación de ese tipo se termina una vida de una manera brutal en un rato, y el caso sigue impune…

-Sí, incluso durante el gobierno de Sanguinetti al responsable del operativo lo ascendieron, y al médico del cuartel no le pasó nada.

-Sí, el médico sigue en su casa. Entonces, ése no es tanto el enfoque de la película, a mí lo que me interesó fue Roslik y la comunidad, una comunidad aislada geográficamente, muy atractiva.

-Donde se mantienen las tradiciones.

-Sí, las mantienen… si ves la película o si vas a San Javier verás que son todos súper criollos, pero con unos apellidos y con unos tipos físicos que si los trasladás a Stalingrado pueden formar parte de la población (aunque ya no existe Stalingrado).

-Siguiendo con la saga, “La Familia Barrett” es una historia también con muchos tintes políticos y con un sesgo dramático muy fuertes, y tiene que ver con Uruguay y con la historia de América Latina. ¿Cómo llegaste a la historia?

-Yo sabía quién era Soledad, sabía porque era parte de la cultura de la izquierda del Uruguay, la conocía por el poema de Benedetti, por la canción de Viglietti, y tenía una idea de Rafael, pero una idea muy vaga. Mi primer abordaje fue la obra, y después que empecé a leer algo de él ya quedé encantada porque Rafael es un escritor mayor. A partir de ahí me zambullí un poco a buscar materiales, primero por Internet, después tomé contacto con el hermano de Soledad, el único que vive acá, también Rafael Barrett Viedma, y fue un trabajo que llevó mucho tiempo porque yo no estaba en condiciones de hacerlo, implicaba una investigación de más de un siglo, de muchos personajes, de por lo menos tres países, y siempre lo dejé en barbecho… En algún momento pensé que era un proyecto que no iba a terminar, hasta que me presenté a los Fondos Concursables del MEC y gané el premio. Eso me dio un impulso, porque me permitió viajar y darle la amplitud que debía a la investigación que ya tenía. A esa altura ya estaba re metida en la familia y  empecé a construirla: llegué por Soledad, por la obra, después por los hermanos, después tomé contacto con Ñasaindy, la hija de Soledad —la única hija—, empecé a descubrir toda la parte brasileña de la historia, y luego ya estaba en ese túnel que, en realidad, si vas iluminando así, capaz que también los personajes secundarios podrían merecer un libro…

-Investigás el proceso político de Paraguay, desconocido en Uruguay.

-Sí, es que la familia Barrett no se explica de otra manera. Hay un artículo en Marcha —que yo había visto pero que después no volví a encontrar por lo que no lo pude incorporar a la investigación una breve —que recoge una breve entrevista a Alex, el padre de Soledad, en el que dice: “Yo tengo diez hijos, pero si hubiera tenido treinta, los treinta hubieran sido revolucionarios”. Y es un poco así, cuando Soledad se va a Cuba a entrenar son cinco los Barrett que hay entrenándose. No podés contar nada de la historia de la familia si no es a través de la política y de las mujeres de la familia, porque entre ellas hay figuras súper fuertes: esa Panchita, que tanto manda al hijo a la Escuela Naval como después lo protege, va vendiendo lo poco que le queda para salvar a la familia y termina muriéndose exiliada ella también acá. Todo en esa familia está signado por la peripecia política en el contexto de la Guerra Fría.

-En el caso de Soledad hay dos hechos que son removedores, marcan por sus implicancias. Uno fue evidentemente su secuestro, que está interesante recordarlo porque fue en el 62, cuando un grupo filonazi la secuestra y le tatúa la esvástica en sus piernas. El otro fue su periplo en Brasil, donde muere a mano de los militares, traicionada por quien era en ese momento su amante, el famoso Anselmo que traicionó a muchísimos y que sigue impune y hasta haciendo declaraciones.

-Sí, hace unos días volvió a hacer declaraciones. Recientemente fui a un encuentro con estudiantes del IAVA, un encuentro muy lindo que organizó la sala de Historia, y expresamente dije “le tajearon” las piernas con esvásticas, porque temo que el tatuaje hoy tiene para nosotros otra connotación, y hay que aclarar que fue un secuestro… llevé incluso una foto que conseguí del expediente que estaba en el Archivo General de la Nación con la enagua, el viso que ella tenía en ese momento, todo manchado por las heridas… Tengo la impresión que el secuestro y el atentado, lo que pasó después, la marcó mucho y que fue un tema de conversación con los hermanos, porque ella se transforma en un personaje público, siendo una adolescente se transforma en una bandera, en un símbolo: prácticamente deja de estudiar, deja de trabajar, deja la casa… Las consecuencias que tuvo ese hecho en la vida fue bastante más allá de la marca en las piernas, la hace irse del Uruguay… hubo una campaña atroz…

-Sí, desde el diario El Pais se afirmó que fue un autoatentado.

-Sí, también lo afirmaban Nardone y Ballestrino, que estuvo al frente de la investigación, y todos los policías que están la investigación, el comisario Fontana… todos ellos después van a tener una participación destacada en la represión… Sí, te sorprende un poco la falta de empatía ¿no? Un hecho reciente me recordó el episodio, fue los sucedido los primeros días de la desaparición de Santiago Maldonado, porque no se sabía si él era culpable de haber desaparecido… enseguida un cono de sombra se construyó sobre la figura del muchacho… Con Soledad pasó un poco eso… se habló hasta el cansancio de que llevaba volantes de la UJC en la mochila o en la cartera, que en el interrogatorio que le hace el médico en el Hospital de Clínicas, e incluso en la entrevista que le hacen en la prensa, se reitera la pregunta “¿por qué estudia ruso?”… Para mí fue algo, si se quiere, como un descubrimiento de algo que yo al menos no tenía tan claro: que la violencia política y el anticomunismo en la década del sesenta, en los tempranos sesenta, fue muy fuerte.

-Más allá de lo cual se puede decir que la familia Barrett en Montevideo pasó uno de los mejores momentos de su tortuosa peripecia.

-Era un oasis porque había prensa, había manifestación… Cuando fui a Paraguay empecé a leer Patria, que es el diario de Stroessner, y es algo que no se puede creer; esa dictadura se prolongó 35 años. Si vos hoy vas a Paraguay percibís que el miedo y el recuerdo de la dictadura está a flor de piel… Luego, volviendo a la historia de Soledad, la ida a Brasil, esa relación con este personaje, el cabo Anselmo, de quien se discute si es un infiltrado o si es un quebrado, pero que sin duda fue un agente efectivo de la represión… y que sigue dando nota, porque dos por tres aparece, cambia el discurso, pide que lo indemnicen, que le den reparación económica, y en otros momentos —como  sucedió recientemente— dice que no se arrepiente de nada, que él estuvo al servicio de la patria.

-A la luz de la política de género, que merece tanta atención hoy por parte del Estado, llama la atención la reacción negativa de la familia Barrett cuando una de las hermanas se define homoxesual.

foto VIRGINIA MARTINEZ_0112 r-Yo me sentí en la obligación de incorporar ese asunto al libro porque también nos habla de otras persecuciones que coexisten o coexistían —hoy creo que las cosas han mejorado bastante— pero que también nos habla acerca de que una izquierda rígida —la izquierda de la época— y la sociedad de la época —porque no era solo la izquierda— consideraban que el homosexual no era alguien confiable, como que alguien guiado solamente por su deseo y entonces no se podía confiar en él. Digamos que eso también provocó un exilio, y que no fue un exilio estrictamente político sino el de la marginación de los propios.

-La azarosa vida de Soledad Barrett podría integrar la saga de personajes femeninos que retrataste en “Siglo de mujeres”.

-Sí, si bien Soledad nunca llegó a desplegar todo su potencial porque la mataron joven, pero yo creo que fue muy transgresora. Viniendo de una familia paraguaya, en un país donde a las mujeres se las señala como ocasionalmente madres abnegadas, nos encontramos con que salió prácticamente del campo y ya a los 18 años estaba en Moscú, tiene una hija, decide que la hija se quede con los compañeros en Cuba para volver a Brasil… era una mujer muy linda, muy libre en sus relaciones amorosas, algo que tampoco era bien visto… Entonces no hay duda que ella es una rebelde.

-Es muy reveladora la coherencia de la familia Barrett referida a la militancia en cualquier país en donde tenían que recalar y sobreponiéndose además a circunstancias muy adversas. En nuestro país fueron por un lado bien recibidos pero, por otro, víctimas del conocido atentado.

-Uruguay siempre fue un país que recibió extranjeros, también fue un país de inmigrantes, pero a su vez, para una parte de la sociedad, el sector más reaccionario de la misma, el extranjero fue visto como peligroso. Desde los años treinta KGB se hace sinónimo de ruso, se reclama la ley de indeseables para expulsar extranjeros, y también hubo un fuerte exilio paraguayo y hubo represión a los paraguayos, algo que a principios de los sesenta es dennciado por Michelini en la Parlamento. También existieron presiones de la dictadura brasileña, por ejemplo, para que aislaran a Brizola. Entonces, estaba la doble situación. Ahora, en el caso del proceso paraguayo, acá fue la presentación pública del FULNA, que era la organización político-militar que estaba dirigida por el Parido Comunista, aunque estaba integrada también por alguna gente de otros partidos paraguayos, pero más bien en forma individual. El acto se realizó en el Paraninfo y quienes lo presentaron fueron Salvador Allende y Julio Castro. Cuando supe eso, cuando fui a leer El Popular, pensé “¡cómo un acto político puede representar por sus oradores tanta historia!”, porque cuando Allende habla en ese acto todavía no es presidente de la República, está lejos de serlo —estamos hablando de 1959— y Julio Castro tampoco era todavía ni el periodista tan conocido que será ni el cráneo con una bala en la cabeza que todos tenemos presente hoy…

-Repasando tu trayectoria: dirigiste dos canales del Estado, TV Ciudad y Canal 5. TV Ciudad, además, en sus comienzos. ¿Cómo viviste esos dos procesos?

-Para mí lo lindo de TV Ciudad radica en que para una productora joven —sobre todo tomando en cuenta que la producción independiente nunca tuvo mucha relación con la televisión— participar en la creación de un canal de televisión es una gloria. Yo siempre pienso que puede compararse con que a un arquitecto le encarguen el diseño de un estadio, ¿cuántas veces tenés la posibilidad en la vida de trabajar en algo así? Pienso que si bien TV Ciudad demostró que la televisión pública podía ser de buena calidad, abordar temas que no están en la pantalla, es cierto que se ha quedado, a pesar que muestra una dignidad en la realización televisiva es muy marginal en cuanto a audiencia, en cuanto a propuestas. El Canal 5, si lo mirás en perspectiva de 2005 hacia acá, es muchísimo lo que cambió bajo todas las direcciones que tuvo, pero también está muy quedado y creo que todos los cambios tecnológicos han acentuado esa brecha, porque es un canal que se ve mal, se oye mal… la gente está acostumbrada a la buena calidad: mirás en HD los canales privados y después cambiás a Canal 5 y la programación no luce. Creo que el porqué tiene que ver con que no hay intención, no hay voluntad política de que eso se cambie; no hay una ley de la televisión pública. Todos los países que tienen televisión pública tienen un marco legal, un marco normativo que establece cómo se eligen sus órganos de dirección, de dónde viene su presupuesto, cuál es su misión, cuál es su estatuto, quién decide la programación… todo eso no existe. El canal tuvo un momento que mejoró porque se empezó a aplicar lo del 20 por ciento de las empresas públicas, pero desde que se retiró eso no se sabe, el presupuesto cayó. Cuando se hizo la ley de servicios de comunicación audiovisual se tendría que haber desembocado en un capítulo normativo sobre la televisión pública, y eso no pasó… es difícil para el sistema político —y en esto también pongo a la izquierda aunque hay una diferencia, como decía al principio— concebir una televisión que sea independiente editorialmente, porque en general los políticos solo se fijan en el informativo y en los programas periodísticos, porque además no hay una gran cultura de televisión de calidad, entonces parece que si te dan voz está bien… para mí todo el sistema de medios es uno de los grandes temas pendientes. En algún momento la llegada de la televisión digital, la alta definición, pareció una oportunidad, parecía el momento en que se iba a repartir y dar de nuevo, pero no pasó nada.

-¿Qué te propusiste vos cuando llegaste a Canal 5 y qué fue lo que pudiste hacer?

-Yo estoy muy contenta, y lo digo siempre. Desde el 85 hasta la fecha fui la única directora que completó todo el período. No estudié la cronología, pero creo que es así desde Maggi en adelante, que estuvo unos pocos días y lo sacaron. Creo que nosotros logramos, en ese período, mejorar la calidad de la pantalla, incorporar programación extranjera, empezar a hacer producciones nacionales interesantes, comenzar a trabajar una franja para niños, con otro  concepto de programación. Pero bueno, para mí tiene su techo y no tiene que ver directamente con el director o la directora; estás encorsetado, sin independencia. Para cambiar ese canal tiene que haber una gran decisión y la participación del Poder Legislativo, no sé… de la Oficina Nacional de Servicio Civil, del Ministerio de Economía… Ha habido procesos de transformación institucional en este país, tenemos ejemplos, pero para eso se necesita tiempo y voluntad, por supuesto también por parte de los trabajadores, y no quiero dejar de decirlo.

-¿Qué podés decir del tan manido tema de la ficción nacional, proyecto que nunca logra concretarse con la continuidad necesaria?

-En el momento en que yo estuve la ficción era mucho más cara, entonces era como tratar de empezar a generar una programación que después pudiera sostener a alguna producción nacional, y algo se hizo con las series del ICAU… hubo varias series de ficción, Feriados, Rec, pero son una gota de lluvia. Ahí se precisa mucha inversión.