Historia del cine: UN ADIÓS (PROVISORIO) A LOS SOVIÉTICOS

 

Por Guillermo Zapiola

foto hist cine OctobrinaHay que dedicar una nota más a los soviéticos clásicos antes de volver a Hollywood. Dentro de unos meses daremos otra vuelta por el Este.

Los nombres de Eisenstein, Pudovkin y Dozhenko no agotan por cierto al cine soviético del período clásico. Es imposible no citar, por ejemplo, a Grigori Kózintsev, vinculado primero a la Fábrica del Actor Excéntrico (Feks) y luego  autor con vuelo propio que siguió trabajando, sobre todo en adaptaciones  literarias o teatrales (de Cervantes a Shakespeare), hasta comienzo de los años sesenta.

Nacido en Kiev en 1905, Kozintsev se trasladó en 1920 a Petrogrado, donde estudió pintura en la Academia Imperial de las Artes. Allí conoció a Leonid Trauberg, que se convirtió en su amigo y colaborador. Ambos recibirían la influencia del teatro de Meyerhold y la poesía de Mayakovski.

En 1921, Kózintsev, Tráuberg, Serguéi Yutkévich y Gueorgui Kryzhitski  crearon la Feks, en la que participó como actor el luego también director  Guerásimov, y con la que en algún momento se cruzó Su Majestad Eisenstein. El grupo apeló a ideas dadaístas y futuristas, reuniéndolas con experiencias teatrales de vanguardia y recursos aprendidos en el circo y el music-hall.

Kozintsev y Trauberg comenzaron a hacer cine en 1921, con frecuencia en colaboración. Su aporte durante ese primer período incluye la satírica Las aventuras de Octobrina (1924, donde la heroína del título desbarata los planes de un pérfido capitalista que pretende cobrar las deudas zaristas con los Estados Unidos), una adaptación de la obra de Gógol El capote (1926), y especialmente La nueva Babilonia (1928), una evocación de los tiempos de la Comuna de París volcada con herramientas derivadas del expresionismo. Al mismo período pertenece Las extraordinarias aventuras de Mr. West en el país de los bolcheviques (1924) de Lev Kuleshov, una película donde el West del título (obviamente también un explotador capitalista norteamericano) es debidamente caricaturizado.

Tras la aparición del sonoro el equipo se volcó a la experimentación con el nuevo medio. Lo más importante de su aporte en ese período es su “trilogía de Máximo”, una serie de películas sobre un obrero de ese nombre cuya peripecia pretendía resumir en un personaje la evolución de la sociedad soviética anterior a la Segunda Guerra Mundial.

Luego de la guerra Kozintsev continuó trabajando con Trauberg hasta 1951 y sin él después, especializándose sobre todo en adaptaciones literarias. No estaba mal su Don Quijote de 1957, protagonizado por el gran Nikolai Cherkasov, y fue realmente notable su Hamlet (1964), con Innokenti Smoktunovski, que utilizó la traducción al ruso del texto realizada por Boris Pasternak y propuso un héroe menos dubitativo y más político del habitual. Esa película fue codirigida con Iosif Shapiro, quien también trabajó con Kozintsev en une atendible aunque no memorable adaptación de Rey Lear (1971) que constituyó el último aporte de Kozintsev al cine. Falleció en 1973.

No es posible omitir tampoco el nombre de Dziga Vertov, o más bien de los  tres hermanos (en realidad apellidados Kaufman) de los que ese cineasta fue tal vez el representante más notorio. Los Kaufman nacieron en territorio que es hoy polaco pero que pertenecía al Imperio Ruso cuando vieron la luz. Denis nació en Byalistok el 2 de enero de 1896, su hermano Mikhail vino al mundo en setiembre de 1897, y el más chico, Boris, llegó un año después, en agosto de 1897. Mikhail es acaso el menos notorio de los tres, porque su carrera, que transcurrió en la Unión Soviética, se desarrolló sobre todo como colaborador de su hermano mayor Denis, convertido en uno de los más notables documentalistas y experimentadores del lenguaje cinematográfico con el seudónimo de Dziga Vertov, autor de clásicos como El hombre de la cámara (1929) y Tres cantos a Lenin (1934). Fue totalmente diferente el destino del más chico Boris, quien emigró de su país natal, trabajó primero como director de fotografía en Europa (notablemente a las órdenes del gran Jean Vigo), y terminó en los Estados Unidos como el fotógrafo casi oficial de cineastas tan diferentes como Elia Kazan y Sidney Lumet. Y hay que mencionar también aunque sea al pasar a Victor Turin, un documentalista que estudió en los Estados Unidos, era un fanático del western, y de regreso a su país rodó el documental Turksib (1929), historia de la construcción  de una línea ferroviaria en la que se han detectado ecos de El caballo de hierro (1924) de John Ford, la “película de trenes” por antonomasia del período mudo.

Tal vez el “fuera de serie” de ese grupo de cineastas revoltosos fue Aleksandr Ivánovich Medvedkin (1900-1989), cuya aportación más original fue seguramente la creación en 1932 del Cine-Tren, consistente en un estudio fotográfico móvil instalado en unos vagones de ferrocarril que recorrían la Unión Soviética grabando películas y documentales que podían revelarse, montarse y exhibirse in situ. Para Medvekin, como para la mayoría de los grandes del cine soviético, el cine era por supuesto una herramienta de propaganda política. Pero sus viajes ferrocarrileros a través del país le permitieron conocer lo que estaba pasando en muchos lados y sus entusiasmos iniciales se desinflaron considerablemente. Sin embargo, una de las ventajas de disponer de un ferrocarril consiste en que resulta más fácil escapar al acoso de molestos comisarios políticos.

Durante buena parte del período stalinista, Medvekin continuó con su tren, sus viajes por el país, y la realización de películas que hacían poco caso de las directivas del “realismo socialista”. Fue un maestro de la sátira, aunque tras la invasión nazi del 22 de junio de 1941  pasó a trabajar con un grupo de documentalistas en el frente. Luego de la guerra volvió a la ficción, no exenta de puntas satíricas contras las injusticias del capitalismo. En los años sesenta, un grupo de cineastas comunistas franceses con una predilección por el enfoque social adoptó su nombre (Grupo Medvekin). Un notable documental del francés Chris Marker, El último bolchevique (Le tombeau d’Alexandre, 1992) ha evocado su casi desconocida figura.