Libros: UN UNIVERSO DE JUEGUITOS

Por Rodolfo Santullo

foto-nota-sanutllo-libroA partir de una premisa algo insostenible -vincular dos muertes en ciber cafés en Asia al consumo excesivo de videojuegos- el periodista Simon Parkin hace de “Muerte por videojuego” un repaso imprescindible para todo aquel interesado en el mundo de los juegos de computadora o similar.

Por aquello de que al mal trago hay que apurarlo, empecemos con lo peor: Simon Parkin no es la estrella más brillante del firmamento. El crítico y periodista especializado en videojuegos -quien publica regularmente en medios tan prestigiosos como The New Yorker, The Guardian o New Scientist– arma todo su planteo a partir de verdades de perogrullo u opiniones personales que busca hacer pasar como verdades indiscutibles, tratando siempre de que los datos que está presentando inclinen la balanza a favor de su teoría. Esto -que, en rigor, no es algo que no haga la gran mayoría de los ensayistas, aunque sin dudas que logran ser algo más disimulados- hace que sobre todo durante del primer tramo del libro uno tenga que soportar tonterías, opiniones que endiosan el mundo de los videojuegos por encima de otras narrativas culturales como la literatura, la historieta, el cine o la televisión, sin que ese ensalzamiento tenga nunca una base real y objetiva por encima de la encendida opinión de Parkin. Disparates como “ningún otro lenguaje resulta tan atractivo y adictivo” o “no hay inmersión personal en una ficción como cuando se trata de un videojuego” son algunas de las perlas que Parkin nos regala en las primeras partes de su largo ensayo. La misma “justificación” que propone para disparar este ensayo -una serie de muertes en cibercafés de Asia, en jóvenes que jugaron horas y horas sin parar hasta morir- es poco consistente. Con las condiciones así dadas -mala alimentación, falta de sueño, deshidratación- da lo mismo que estuvieran jugando videojuegos, viendo porno o mirando inagotables series completas de Netflix. No logra nunca Parkin vincular las muertes al uso de videojuegos, más allá de afirmarlo reiteradamente.

Y lo peor de todo es que no lo precisa. Una vez que deja atrás su innecesaria vinculación a las muertes o las afirmaciones sin correlación con datos fehacientes y entra de lleno en la historia de los videojuegos, el libro es buenísimo. Cuando Parkin asume que es un periodista, investiga, reporta y construye una investigación profunda sobre el fenómeno de los videojuegos, desde su creación, su salto desde las universidades que los crearon en los setentas, su pasaje por los salones de “maquinitas”, hasta la llegada masiva de las consolas caseras. Su salto desde juegos mainstream hasta las creaciones independientes, los juegos pedagógicos, los juegos como catarsis, los juegos como herramienta de contención, sociabilización y forjadores de verdaderos universos donde los jugadores tienen chances de crear toda una nueva vida.

Es ahí cuando este libro se vuelve realmente un documento relevante, ya que la investigación que realiza Parkin es única -apoyada por numerosas entrevistas a diseñadores de juegos, jugadores y periodistas especializados- y permite además construir un panorama real a un mundo que muchos no están conociendo y donde realmente el potencial narrativo y cultural está desconociendo límites que imperan en los otros lenguales (cine, TV, etcétera). El mundo de los videojuegos se ha transformado verdaderamente en infinito en las últimas décadas y este repaso/ investigación que hace Parkin es una herramiente imprescindible para conocerlo algo más en profundidad o para ir al menos anotando al margen tantos títulos, tantas propuestas diferentes, tantos juegos que escapan al haz de luz que los podría popularizar pero son a su vez extremadamente interesantes.

El único problema del libro -aunque no es un problema propio del libro- es que predica para conversos. Lamentablemente es de suponer que aquellos posibles lectores que no sean jugadores de videojuegos se salten su lectura por considerarla irrelevante a priori. Y es una pena, porque es en verdad una puerta a este mundo tan rico, interesante y cargado de matices. Queda al menos para aquellos no prejuiciosos -sean jugadores ya de videojuegos o no- en descubrir todo lo que Parkin y su generosa investigación ofrecen.

Por una vez, combino la reseña de “Muerte por Videojuego” con la recomendación de dos documentales que funcionan muy bien como complemento: “The King of Kong” de Seth Gordon (2007) y “Atari: Game Over” de Zak Penn (2014), ambos muy fáciles de encontrar.