Libros: LA PINTURA INFINITA

salvatierralibroEl éxito de “La uruguaya” de Pedro Mairal convoca esta afortunada reedición de “Salvatierra”, una novela que supera a la posterior con su desarrollo íntimo y profundo de la búsqueda que un hijo hace de su padre a partir de una pintura interminable.

Por Rodolfo Santullo

Editada en 2016, “La uruguaya” puso nuevamente en primera plana a Pedro Mairal -lugar que no le era extraño, ya desde las épocas de “Una noche con Sabrina Love” el escritor porteño está sobre el tapete- y, por lo menos, lo situó justamente en nuestro país, donde no era especialmente conocido. Amparada en ese éxito es que llega ahora “Salvatierra”, novela editada originalmente en 2008 pero que nunca antes había estado disponible en Uruguay (salvo algún insospechado golpe de suerte). Poco tienen en común “La uruguaya” con “Salvatierra” -más allá del uso de la primera persona y cierto descubrimiento personal que hace el narrador a medida que descubre otra cosa: en aquel caso a medida que trataba de concretar una infidelidad, en este mientras reconstruye un trabajo del padre- y es la segunda, a mi humilde entender, un trabajo más profundo, ambicioso y desarrollado.

Se nos cuenta en “Salvatierra” la historia de un pintor de provincia -el Salvatierra del título- que, mudo desde un accidente a caballo a los nueve años, aprende a comunicarse con los demás y con el mundo mediante la pintura. Y es justamente una pintura la que concitará el núcleo de este relato, el único trabajo que Salvatierra realiza desde que tiene veinte años hasta que fallece, a lo largo de cuarenta años. Una pintura continuada, rollos y rollos de tela que cuentan una única historia: la suya, la de su familia, la del río Uruguay que corre al borde de Barrancales, su pueblo.

Aunque sabemos que la pintura se expone completa en un museo -“Por toda la pared interna de casi treinta metros, el cuadro va pasando como un río. Contra la pared opuesta hay un banco donde la gente se sienta a descansar y mira pasar el cuadro lentamente. Tarda un día en completar su ciclo. Son casi cuatro kilómetros de imágenes que se mueven despacio de derecha a izquierda”, lo describe Mairal en la primera página de su novela- la novela se construirá a partir de dos historias: La del narrador y su hermano, hijos de Salvatierra, que se proponen rescatar la mastodóntica pintura y darla a conocer; y la del propio Salvatierra, construida a partir de la memoria de su hijo narrador pero también a partir de la propia e inagotable pintura. El narrador irá descubriendo cosas que nunca había visto en la tela, detalles que se le habían escapado anteriormente, datos, imágenes a la luz de las cuales la figura de su padre tendrá nuevas y desconocidas dimensiones.

Hay incluso ciertos elementos linderos con el thriller. Un rollo de la gargantuesca pintura falta -el que corresponde al año 1961- y el narrador se pondrá en obsesiva campaña de recuperarlo -“Encontrar el tramo faltante era algo que necesitaba hacer para que el cuadro no fuera infinito. Si faltaba un rollo no iba a poder mirarlo todo, conocerlo todo, y seguiría habiendo incógnitas, cosas que Salvatierra quizás había pintado, sin que yo lo supiera. Pero si lo encontraba, habría un límite para ese mundo de imágenes. El infinito tendría borde y yo podría encontrar algo que él no hubiera pintado. Algo mío”, explica maravillosamente el propio Mairal- y en el proceso de esa búsqueda descubrirá más y más (incluso más de lo que tal vez quisiera) cosas sobre su padre. No es la única urgencia: el galpón donde se guarda la pintura es codiciado por empresarios locales que cada día se ponen más y más insistentes, incluso amenazadores.

“Salvatierra” -y “La uruguaya”, claro está- es una notable puerta de entrada al universo literario de Pedro Mairal, uno de los mejores narradores que tiene para ofrecer Latinoamérica hoy. Es un disfrute leer e imaginar junto a él esa pintura que cuenta todo, que conmueve con la historia de ese pintor mudo pero que, como su misma pintura, carece de bordes y de límites, y es también la historia de muchos otros, de todos aquellos que Salvatierra fue pintando pacientemente fuera de sus horas de trabajo en una olvidada oficina de Correos.